Nadie está a salvo con el castrismo

(Obra "El Dictador", del cubanoamericano Luis Cruz Azaceta) Columna publicada originalmente en EL NACIONAL, Venezuela  htt...

(Obra "El Dictador", del cubanoamericano Luis Cruz Azaceta)

Columna publicada originalmente en EL NACIONAL, Venezuela 
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/nadie-esta-salvo-con-castrismo_203515


El castrismo es un proyecto que cree y creerá de manera absoluta en la guerra eterna. No concibe otra manera de mantenerse en el poder. Desde antes de adueñarse del país y hasta su último suspiro Fidel Castro estuvo todo el tiempo en pie de guerra, lo mismo dentro que fuera de la isla. Guerra en escuelas, hospitales, barrios, África, Latinoamérica, organizaciones internacionales, festivales de arte, olimpiadas deportivas y de ciencias e incluso en eventos humanitarios.
“La guerra de todo el pueblo”, llegó a decir el caudillo del Caribe. Y no le faltó algo de razón, pues si bien todo el pueblo no sentía la necesidad de apoyarle en su desaforada ansia de poder y en sus psiquiátricas invenciones, sí logró obligar a casi todo el pueblo a hacerlo, o al menos a parecer que lo hacía.
Todo gobierno, grupo civil o persona que no le muestre su apoyo al castrismo, o al menos no se haga de la vista gorda ante su maquiavélica naturaleza, no será para sus gendarmes un mero antagonista sino un enemigo a muerte. Y esto es algo que el mundo, luego de casi seis décadas, debía conocer. Sin embargo, no es así.
No son pocos los que aún creen –y algunos hasta se atreven a pregonarlo– que al régimen cubano solo le interesa reprimir a la disidencia interna. Ciertamente no podemos culparles por esta muestra de peligrosa inocencia, pero sí podemos decirles que están muy equivocados. Incluso, quienes hemos padecido la larga embestida del castrismo, tenemos el deber de recordarles que su equivocación puede causar grandes daños, muchas veces irremediables.
El castrismo –como toda dictadura– es una maquinaria que las 24 horas del día no solo se preocupa por mantener el control interno de sus ciudadanos sino que a la par no deja de trabajar para tratar de causar daños más allá de sus fronteras (que ha intentado ampliar todo el tiempo: los países del llamado socialismo del siglo XXI son una triste realidad).
Los dardos envenenados del castrismo han llegado incluso a su eterno enemigo: Estados Unidos, al que la autocracia habanera jamás ha querido aceptar como un país o un sistema con ideas y prácticas diferentes –democráticas– sino que en su espíritu de odio belicista ha preferido llamar “el imperialismo yanqui”, frase y concepto que ha logrado exportar, con bastante éxito, por el mundo, sobre todo por Latinoamérica, donde millones lo repiten domesticados por una ideología tan miserable como tóxica.
Es un detalle muy llamativo cómo el imperio de los Castro –uno de los más peligrosos de la contemporaneidad– es el único imperio que jamás ha querido mostrarse como tal. Y esto, a diferencia de otros imperios, le ha ayudado mucho.
Una noticia que ha dejado estupefactos a muchos es el ataque acústico sufrido por varios diplomáticos en La Habana. El gobierno de Washington acaba de sumar dos estadounidenses más a la lista de víctimas, ascendiendo ya a 21 personas y se espera que no termine ahí, pues como bien ha dicho Heather Nauert, portavoz del Departamento de Estado, “es posible que el número aumente aún más a medida que se descubren más casos, pues se sigue evaluando al personal”.
El Departamento de Estado publicó en agosto pasado que varios funcionarios de su misión diplomática en Cuba habían experimentado síntomas físicos causados ​​por estos ataques, de los que hasta ahora se ha informado muy poco a pesar de la gravedad del asunto. Algunos medios han hablado de pérdida de la audición, de daños en el cerebro y se presupone que estas lesiones pudieran haber sido causadas por dispositivos capaces de provocar un sonido inaudible –ondas ultra e infrasónicas– instalados por los servicios de inteligencia cubana en las casas alquiladas en La Habana a los diplomáticos afectados.
Aún así hay tanta gente que todavía se cree a salvo mientras el totalitarismo isleño sigue en pie, que es lo mismo que seguir en pie de guerra. Ni en New York ni en París, ni Japón ni en Australia se podrá estar a salvo mientras el castrismo sea una realidad. Una terrible realidad cuya razón de ser es la destrucción de las libertades y la democracia, y todo lo que se le oponga, o le muestre cierta resistencia, será tratado como un enemigo. El castrismo siempre ha sido una amenaza y lo será hasta que se arranque de raíz. Esa es la única solución.
¿Hoy día -en medio de la revolución tecnológica y la globalización, con todos sus pro y todos sus contra- cuán lejos podemos estar de los tentáculos del régimen cubano? ¿De verdad es posible creer que esa plaga que reina en La Habana no seguirá intentando afectar a todo el que constituya el más mínimo obstáculo para los objetivos de un proyecto nefasto que desde hace mucho tiempos urge ser extirpado como el cáncer que es?
Deben cuidarse mucho –y espero ya estén alertas– el resto de las misiones diplomáticas que opera en Cuba. Para el castrismo ningún gobierno –siquiera los que forman parte de su coro– es un buen vecino. O sólo lo es hasta que deja servirle en sus macabras intenciones o hasta que rompen el contubernio o el silencio. Para este tipo de regímenes las relaciones sólo se basan en el apoyo incondicional o en la guerra. Nunca podemos olvidar que con el castrismo nadie está a salvo.
@LuisLeonelLeon  

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