La imposible libertad de la isla

por  Luis Leonel León @luisleonelleon Este texto forma parte del libro “ La Libertad y la Isla ”, actualmente en proceso de escrit...

por Luis Leonel León

@luisleonelleon

Este texto forma parte del libro “La Libertad y la Isla”, actualmente en proceso de escritura.
Y fue publicado por primera vez en el blog de Carlos Alberto Montaner: http://www.elblogdemontaner.com/la-imposible-libertad-de-la-isla/#more-6025




En el principio era la libertad. Pero la libertad (entre utopías y miserias, temblorosa, etérea, fugaz, siempre entre Dios y el diablo) le fue robada a la isla. ¿Y qué es una isla sin libertad sino un anhelo insoportable, doblemente herido por la maldita circunstancia del aislamiento y el ahogo por todas partes? En ocasiones pareciera que no hay nada qué hacer. A no ser creer en la ilusión de dejar de ser una isla. ¿Tal vez anclarnos al continente, o desaparecer de una vez? John Donne nunca lo supo: todo cubano es una isla dentro de una isla. Incluso los que escapamos de su geografía, de algún modo cargamos para siempre con la isla en peso, con la isla dentro. Bendita maldición que ni siquiera muchos cubanos comprenden. Y es que eso también somos. Y eso es también la isla.

La libertad -su afán o su pérdida- es un eterno desvelo para el ser humano, incluso para quienes nunca han probado su exquisito y adictivo sabor. Hay quien no sabe qué es la libertad, pero aún así siente que la necesita. No hay proyecto de vida, ni de país, no hay sociedad civil sin libertad. Sólo individuos en fila india, bailando la idiota coreografía del colectivismo, coreando la consigna “sin azúcar no hay país”, u otros sofismas, sin saber de qué se tratan. Podrá haber más de un terruño como el nuestro, flotando en el eco de su ancestral fracaso, náufrago del miedo en el que nacen y mueren todas sus criaturas de sempiterno cautiverio. Pero sin libertad, no hay país.
Los cubanos viven alegremente encarcelados. Una tristeza con cara de risa se ha vuelto el símbolo más real de la nación, del diario ir y venir de su gente, que ha aprendido -como en ningún otro rincón- a esperar toda la vida. Vivir sus vidas esperando. Esperar sin que nada ocurra, sin que nada llegue, sin que nada acabe, sin que cambie nada. Esperar nada a cambio de nada. Sólo esperar esperas recicladas. Esperas que jamás servirán de nada.

Es imposible que una sociedad pueda verdaderamente progresar sin libertades. Los medios de prensa internacionales, casi siempre en tono epidérmico, suelen señalar como el más grave problema del cubano sus evidentes y angustiosamente famosas escaseces materiales. Pero en realidad es la libertad su principal carencia, y el corazón de los más profundos y cotidianos contrastes entre quienes viven dentro y quienes viven fuera de la isla. La privación de libertades, sin duda alguna, es la mayor diferencia entre un gobierno totalitario y un Estado democrático. Cuando hay más libertades, mayor es el nivel de vida.

La libertad y el miedo (el miedo a la libertad) se pasean de la mano por las aceras de La Habana. Son como dos gemelos que se odian y se aman. Pupilas dilatadas frente a un espejo. Una especie de cíclope asustado. La libertad -animal mitológico de esa isla perdida- no sólo dejó de existir allí desde hace más de medio siglo. La libertad, pese a ser una vieja aspiración, es una palabra que poco a poco perdió el significado.

La búsqueda de la libertad, aunque es lo que más necesitan los cubanos, es para muchos un sueño imposible, o por lo menos se dibuja tan remoto, incomprensible y embarazoso que pareciera imposible. Este estado mental de nuestra sociedad, es el más fuerte andamio del sistema (como en toda dictadura). Igual sucede con la amnesia social. Nos devora nuestra endémica y ejercitada desmemoria. El miedo a recordar nos ha hecho olvidadizos. Nos aísla, nos encarcela más. Somos una nación sin historia real. Un país que anda apoyado en las muletas de sus falsos héroes. Hemos transformado la mentira en una verdad empalagosa, risueña y cancerígena, con la que coqueteamos y sufrimos al compás del son de la inútil espera, del miedo, el hambre, la doble moral y los falsos noticieros.

El pánico a la libertad es una enfermedad patriótica de quienes han nacido en la Revolución. Y para la mayoría que respira dentro de su jaula, resulta incurable, aunque no lo sea. El cubano promedio no conoce otro modo de vida que subsistir en su atávica mazmorra coloreada de país. De ahí que no nos sorprenda (aunque nos duela) que la libertad no esté en el epicentro del pregonado restablecimiento de las relaciones gubernamentales entre Cuba y EEUU. Su marketing, tan ruidoso como tan magro y barato, es sólo un eco de mediocres melodías camino del fracaso, la frustración social, el saqueo legislado, y quizás hasta el olvido, que jamás nos ha sido ajeno. Pensar que estos cantos de sirenas van a salvar la isla de su pavor a la libertad y de la porfía de su asfixia: es una pálida ilusión. Alimento en conserva a punto de vencerse al instante de fabricarse -más bien de idealizarse- para un ejercito de empalmadas criaturas. El camino a la libertad, es otro.

La pérdida del temor atemoriza a los dictadores. El terror latente, ya sea sangriento o edulcorado, los mantiene en el poder, que es lo que ansían para siempre, y en base a lo que diseñan todas sus estructuras: mantener el control, el poder total y absoluto, en nombre de una colectividad anónima, sin más voz ni voto que lo maquinado por el sistema. Por ello suelen quitar del medio -y no importa si tienen que quitarle la vida- a los opositores que traspasan las barreras del miedo y con los que no pueden negociar, sobre todo temas fundamentales como la libertad. Una estoica  fórmula que Fidel Castro aplicó al pié de la letra desde antes de apoderarse del país, a golpe de simulaciones, odios, pánico, fanatismo, blasfemias y fusilamientos. Desde entonces, Cuba es un desquiciado festival del horror y el populismo. El oscuro asesinato de Oswaldo Payá es uno de los casos más recientes, sin duda el más renombrado por su impacto internacional. Pero hay muchos más, incluso en el olvido.

Cuando el cubano de a pie (quizás bastaría el 1% de los 10 millones que viven en la isla) supere el miedo: la libertad y el progreso estarán cerca. Y es justamente en lo que debería ayudar EEUU: a que el cubano disipe el miedo, abra el calabozo social absolutista en el que vive -y que vive dentro de sí mismo-, a que conozca y reclame sus derechos, y al fin se encamine a fundar una sociedad civil que pueda desarrollarse. Ayudar a que el régimen desbloquee a sus ciudadanos, a los que autoconfinados deambulan por las calles, y a los que por soñar y pensar con libertad hoy sobreviven en un calabozo. Por ahí habría que iniciar siempre las “conversaciones” (si es posible el diálogo con las autocracias). Y específicamente éstas charlas no creo que lleguen a buen puerto. No son pocos los que le predicen, basados en el currículo del gobierno habanero, un gran naufragio.

Mientras en la isla se mutilen las libertades de expresión y asociación, mientras los medios de comunicación estén bajo estricto control y sean propiedad del Estado, mientras el Partido Comunista sea el único legal en el país, mientras no exista separación de poderes, mientras se prohíba soñar diferente y se siga reprimiendo el derecho (de quien se atreve) a disentir: estaremos en presencia de un régimen antidemocrático. Y cualquier “cambio” que se anuncie, así se vista con el más simpático y popular de los disfraces, no será nunca un cambio real. O al menos no el cambio que necesita la nación. En el principio siempre será la libertad. Aunque muchas veces nos parezca imposible.

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