El arte como salvación de la nostalgia (conversación con el pintor cubano Felipe Alarcón Echenique, radicado en España)

Por Luis Leonel León
@luisleonelleon

La más reciente colección del cubano Felipe Alarcón Echenique, radicado en Madrid hace más de una década, se titula Viaje al Trópico. Y no se refiere únicamente a esa paleta de color que define a un segmento de las artes plásticas caribeñas. En este caso, más que una exposición es una metáfora de la vida de su creador. Un pretexto simbólico para sumergirse en sus raíces y volver a exponer en el trópico luego de más de 10 años de ausencia.
Viaje al Trópico se inauguró este jueves en el Centro Costarricense de Ciencia y Cultura (Museo de los Niños) en San José. Compuesta por 20 obras donde la mixtura, la variedad de técnicas, collages y óleos, hicieron que el pintor se embarcara en una aventura antes vivida y a la vez desconocida. “Con la misma inseguridad de la primera vez, tal como cuando salí de La Habana con una carpeta y 100 dibujos, ahora hago el recorrido inverso hacia ese trópico, que no es más que un reencuentro con una naturaleza que me reclama”, manifiesta el pintor.
Todas estas piezas fueron realizadas en Madrid, donde ha tenido que imponer su trabajo casi desde cero.
“Al principio es muy difícil abstraerte del nuevo medio y crear un arte marcado por el color y la figuración como es el latinoamericano. Conozco artistas que no han vuelto a coger un pincel y han perdido su identidad porque necesitan su medio, su clima, un entorno y unas condiciones similares a las de su país para poder crear”, confiesa Echenique, de 48 años.
Como suele suceder en estos tiempos, el artista no puede vivir cien por cien de la pintura, teniendo que equilibrar su creación con la sobrevivencia en otros trabajos alternativos: “Eso hace más difícil aún la representación de ese mundo interior arraigado, que inevitablemente sufre una metamorfosis, que tiene que adaptarse a nuevas formas de concebir la pintura en esta otra parte del mundo, pero sin perder el deseo y la identidad”
Un pedazo de Cuba
Cuba está representada en todas las colecciones de Echenique con una marcada visión nostálgica, ya sea de forma simbólica o ingeniosamente figurativa: “Llevo conmigo un pedazo narrativo de ese pequeña isla que amo, a pesar de la distancia, las limitaciones, las barreras de incomunicación. Cuba está presente en mi cada segundo. A ella me remito a la hora de acometer un nuevo proyecto. Está en mis raíces, a las que siempre vuelvo, una y otra vez”.
En su galería-taller de la calle Obispo en La Habana conoció a las personas que determinaron posteriormente su salida de Cuba. Madrid e Italia fueron los países en los que expuso por primera vez. .
“Pensaba ver logrado mi sueño, o la ilusión de cualquier artista latinoamericano, de ser reconocido y exponer fuera de la isla. Choqué con el muro de la incomunicación, pero por suerte mi obra es simbólica y trato de dar una visión global y no localista, lo que me hace crear en cualquier parte del mundo y sobre todo recurrir desde la distancia a mis raíces. Detrás de cada línea, está mi Habana, mi isla, pero con una visión cosmopolita, un malecón que va más allá de ese horizonte estático que se divisa a lo lejos”, comenta.
Para Echenique, artista emigrante o autoexiliado, la intensa mezcla de nostalgias, contradicciones y sentimientos encontrados, es un elemento constante de su entorno, en la continuidad de sus creaciones, su filosofía, su destino. Siente que no tuvo una mejor opción que escapar de la isla y a la vez comprende que fue vital su experiencia y formación en Cuba, no solo en lo académico y lo cultural, sino también en el espíritu con que ha logrado hacer realidad su arte.
Generación afortunada
“Somos de esa generación afortunada de los 80 que nos hizo crear una nueva forma de concebir el arte cubano, donde cada artista tenía sus inquietudes y aspiraciones, dándole a Cuba un nuevo arte, diverso a pesar de los cánones, que se convirtió en referente dentro del arte latinoamericano. La escuela de Bellas Artes cubana nos enseñó el amor por otras culturas y por carambola sacó lo mejor de la creatividad de cada uno de nosotros. Esta etapa de la isla nos hizo fuertes y generó una necesidad constante de demostrar nuestra valía y luchar contra las instituciones culturales, que no confiaban en nuestro trabajo”, reflexiona el artista.
Rememora que Cuba lo enseñó a crear con apenas materiales y tuvo que dibujar con los medios que la naturaleza le brindaba.
“Recuerdo la falta de tinta china y cómo dibujábamos con tinta de calzado y derivados de las baterías, las pilas, como decimos en Cuba. El café sustituía al color sepia y se reciclaba todo tipo de material. En medio de la crisis se creaba un universo visual con pasión y entrega. Creo que esa limitación interna del país es el secreto que nos ha hecho fuertes y de ahí ha brotado un arte contemporáneo distinto y característico”, considera.
Para Echenique es fundamental intentar una creación siempre en búsqueda de la universalidad. A pesar de haber nacido en la isla, sus obras no son representativas de un arte cubano específico. Sus cimientos se sustentan en un arte cosmopolita y original donde mezcla disímiles técnicas de la plástica sin olvidar su trópico, ese que ahora vuelve a reencontrar después de más de una década de ausencia de las galerías y circuitos de arte latinos. Y es que el trópico está presente en su ADN y le brota en cada trazo, haciendo su arte particular y concediéndole un sello propio.
Una década áspera
La década de los 90, en el auge del llamado Periodo Especial, fue una etapa áspera para este artista, cuando no podía conseguir los materiales para pintar ni comercializar sus obras. Se sintió sacudido por la falta de motivación acrecentada por el desencanto y la escasez de los artículos de primera necesidad. Por esa fecha era profesor de Educación Artística y cursaba el primer año de la especialidad. Esta etapa de la isla repercutió de forma activa y negativa en los artistas.
“A muchos los hizo más fuertes y a otros, como en mi caso, nos hundió en la depresión. Algunos no soportaron la presión del momento y se quitaron la vida. Otros se echaron a la mar en busca de un futuro mejor como es el caso de varios compañeros de clase, que viven fuera y que como yo hemos tenido que sufrir el precio de la emigración o el exilio, tropezar con nuevas formas de diálogo y de incomunicación, donde el artista no tiene ningún poder económico y el arte es elitista y está al alcance de pocos, teniendo que trabajar de lo que sea para poder sobrevivir a la sociedad de consumo. Recuerdo mi primer año en Europa como una etapa muy ardua y a veces me preguntaba si valía la pena. Por suerte, siempre he buscado el lado positivo de las cosas”, confiesa Echenique.
El momento más feliz de su carrera fue cuando obtuvo el Premio Zeus en Roma, que casualmente coincidió con su primer viaje: “Fue la primera vez que me sentí valorado y se me abrieron puertas, impensables hasta ese momento. Fue muy positivo para mi ver reconocido mi trabajo”.
De aquel encuentro con el mundo exterior, nacieron nuevas exposiciones y proyectos que le han ido moldeando como artista hasta sumar más de 20 muestras personales y colectivas en varias partes del mundo, sobre todo en el Viejo Continente. “Ahora vuelvo al Trópico y eso me hace feliz. Me hace sentirme como un descubridor de un paisaje de ensueño”, confiesa.
La pintura, mi pasión
“No podría concebir mi vida sin la pintura. Crear me sirve de inspiración en el día a día. Los problemas individuales y colectivos trato de plasmarlos en series monotemáticas como Naturaleza Sumergida y Crónicas Milenarias, en las que me retroalimento de la experiencia colectiva, de otros artistas y de la sociedad en general, intentando ampliar mi experiencia y mi trabajo a un plano más universal”, dice el artista.
Lo que le impulsa a pintar es la necesidad de expresarse espiritualmente. Se siente afortunado de poder hacerlo a través de formas y colores, mostrarlo y sentir como su trabajo puede llegar a la gente, a diversos tipos de público. Lo disfrutaba desde niño cuando garabateaba todos los cuadernos e intercambiaba dibujos con los demás niños. En esa etapa su madre potenció mis aspiraciones artísticas llevándolo a clases de guitarra, en las que se dio cuenta rápidamente que lo suyo sería la pintura y el dibujo.
“Pintar es un don que ya no te abandona. Una forma de vida que te elige, una aptitud. Cuando creo un universo el tiempo se detiene. Puedo soportar grandes jornadas y no notar el espacio-tiempo, haciendo de la creación cada vez algo más misterioso, y ese misterio me gusta y me hace crear y crear”, manifesta Echenique.
Los rostros, el centro de su invención
Los rostros, cuando no son meros retratos, pueden representar infinidad de sensaciones, enigmas y problemas del ser humano, los mitos, los hallazgos y abismos que le rodean. Signos constantes en la obra de Echenique como la incomunicación, el aislamiento, drogas, enfermedades e intensos estados de animo.
“Trato de representar a través de ellos composiciones cargadas de laberintos narrativos visuales, donde los rostros conforman un universo concatenado entre sí, dándole un discurso fabulado y poético del fenómeno que intento expresar mediante estos perfiles llenos de ilusión y esperanza, y que son parte del artista que soy, reflejado mirando al futuro en busca de respuestas, buscando una salida. Unas veces la encuentro y otras no”, expresa.
En un inicio representó los rostros de su entorno familiar y poco a poco fue registrando los distintas expresiones de otros hombres: “En los rostros encuentro un gran valor conceptual descriptivo, que me sirve de pretexto para desarrollar cualquier tema”.
Escogió pintar metáforas porque le hace sentir libre.
“Seguí el camino del arte simbólico porque me sirve como discurso narrativo descriptivo para representar numerosas temáticas. Además mis conocimientos masónicos, institución de la que formo parte, me mostraron un mundo cosmopolita y alegórico donde cada objeto tiene un significado. Y siento que mi obra, además de simbólica, tiene elementos expresivos figurativos, libre de cánones de academia”, comenta. ” Mi arte quiero que sea irrepetible, como un abrir y cerrar de ojos”.
Viajar al Trópico y a lo más humano
Viaje al Trópico es la continuidad de un estilo simbólico y figurativo, muy expresivo, que viene desarrollando desde temprana edad y continúa evolucionando y aprendiendo, transformándose en estos tiempos que siente matizados por el caos, pues su obra muchas veces es eso: un reflejo del caos de la sociedades, lo barroco, lo intenso de cada sistema: “El arte además de satisfacer funciones estéticas debe denunciar, decir algo, y eso esta implícito en toda mi pintura, esa continuidad y esa preocupación por representar mediante mini series temáticas esas sociedades que intento acercar a los espectadores”.
Después de una década sin regresar a Cuba, Echenique viajó a la isla. Y al volver a Madrid sintió la necesidad de escribir y expresar lo que había dejado atrás después de un largo periodo de ausencia. De ahí nació Habana, estampas de un viejo recorrido, que la considera “más que una novela, un pretexto emocional para reencontrarme con mis raíces, para saber de dónde vengo y hacia dónde voy”.
“Para crear yo no necesito estar rodeado de mi tierra. Solo necesito las condiciones idóneas para representar el mundo que tengo que tengo que expresar. Con estas piezas vuelvo al trópico donde la luz y la vegetación me inspiran a crear, a escribir y a hacer un arte lejos de mis orígenes, de mi tierra, pero auténtico y especial”, asegura el creador.
Un paraíso al doblar de los sueños
Para Echenique, Costa Rica era una plaza soñada. Un paraíso donde la naturaleza se funde más allá del horizonte e invita a plasmarla con una paleta salvaje de colores que representan una amplia gama de contrastes. Pero fue hace poco cuando a partir de las instantáneas de Rafael Omar Pérez, fotógrafo y organizador de esta exposición, se inspiró y puso su atención en Costa Rica. “Necesitaba salir de Europa y regresar a este trópico, tan cerca de mi tierra, que con similar anhelo trataré de enamorar con mi imágenes, y a la par demostrar que se puede crear lejos de tu raíces y mantenerlas”, revela.
Maestros como Tomás Sánchez han encontrado en este país su estabilidad e inspiración, con una naturaleza que atesora una fauna envidiable. “Estar en contacto con esa fauna y ese mar que te invita a sumergirte es un privilegio. Me encontró y es por algo. Me dejo llevar por mis impulsos y por ese volcán, El arenal, que me invita a conocerle, o a esa Galería Nacional donde colgaré mis obras. Este paisaje del trópico es un reencuentro con lo que soy, parte de esa naturaleza en constante evolución. Como decía Bryce Echenique: el paraíso está al doblar de la esquina”, relata Echenique.
“Los artistas solemos ser ambiciosos y por ello me encantaría exponer en todos los países posibles. Pero donde más me gustaría exponer es en Cuba, después de tantas exposiciones de ida y vuelta, pasando por la ausencia, qué mejor lugar para empezar de nuevo que donde comenzó todo este largo viaje, y que mis compatriotas se vean representados en mis obras, y lograr esa empatía con el público que tanto me gusta”, señala.
Regresar a La Pequeña Habana
En el 2006 Echenique expuso en Miami la serie Isla al Sur en Art Rouge Gallery, ahora Gala Kavashina: “Fue una experiencia maravillosa. No solo pude compartir mi arte sino también mis vivencias de emigrante en el viejo continente. Viaje al Trópico, junto a otra nueva colección, me gustaría exponerlas en Miami, donde he conocido artistas del exilio que representan lo vivido en primera persona en medio del mar, creadores marcados por la migración y el éxodo de balseros, una etapa de muchas sombras, que viví cerca de otros colegas, y aunque no haya formado parte activa me identifico con ello pues son parte de Cuba”.
Viaje al Trópico la dedica a toda su familia. Especialmente a su madre que soporta el peso de la lejanía y que supo darle continuidad a la vocación artística del hijo. También a su esposa, porque “ha sabido dar estabilidad a mi desordenada vida, siempre apoyándome en cada proyecto y cada momento, soportando los éxitos y fracasos de esta inestable pero apasionante profesión que escogí, o que me escogió”.
“En esta vida todo tiene un precio y mi madre soporta el de la distancia, que se lleva unas veces mejor y otras más espinosa, pero que a su vez alimentan mi obra. Esa nostalgia se traduce en cada huella de mi pintura o mis dibujos. Es la columna vertebral del artista que hoy soy”, concluye el artista.  

(ENTREVISTA PUBLICADA ORIGINALMENTE EN CAFE FUERTE)

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