"La ciudad clausurada o el cristal del paraíso" (El Nuevo Herald, Domingo 01 de septiembre 2013)


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Puerto de La Habana, 1896. César Rodríguez González, de 14 años y natural de Asturias, alza los brazos al cielo del paraíso tropical. Un inspector de la Aduana atestigua que viene armado de sueños (como buen emigrante) y deseos de currar en lo que aparezca: bodegas, cantinas a domicilio, mensajero, tiendas. Le seduce el arte de hacer negocios, y se le da muy bien, por lo que llega a ser gerente de losAlmacenes El Encanto. Ha trabajado mucho. Ya es 1938 y por una mezcla de azar, leyes y matemática, junta una fortuna millonaria con la que crea los Almacenes Ultra, una de las tiendas más amplias, céntricas, concurridas y prósperas de La Habana. Pero en 1959 una canción estremece el país: “se acabó la diversión, llegó el Comandante y mandó a parar”. Por suerte Don Cesáreo tenía muy buen olfato y una vasta experiencia. Un año más tarde concientiza que el naufragio no duraría poco, como otros empresarios se equivocaban en decirle. Parado en la calle Reina, frente a su imponente comercio, se hace una última foto. Observa la fachada un par de minutos y con un gesto más cubano que español se despide de la isla donde medio siglo antes desembarcó sin un duro. Habilidoso y emprendedor, salva la mayor parte de su capital y retorna a la Madre Patria. El Corte Inglés le abre las puertas, que consigue hacer más anchas. Muere 6 años después, sin descendencia, previendo el colosal fracaso del exitoso negocio que había fundado 32 años antes.
La Habana, 2013. Antonia González, jefa de Relaciones Públicas de El Corte Inglésya había viajado toda Europa y quiso ir a conocer la realidad cubana, y bañarse en sus playas, que según Alexa, su colega casada con un matancero, son las mejores del mundo. Después de un cálido fin de semana en Varadero llega a La Habana Vieja y una noticia le agrieta el cristal del paraíso: la tienda Almacenes Ultraha sido “clausurada hasta nuevo aviso”. A pesar de que el gobierno y sus voceros odian tener que admitir el desastre, el Ministerio de Salud Pública no pudo hacer otra cosa. Demasiadas ratas, mosquitos, grietas, salideros, el mal olor trastocado en oxígeno. La insalubridad y la decadencia, como perfectos símbolos del Sistema, emergieron de los fosos para inundar de excremento la superficie. Antonia aún está detenida en la misma acera, justo en las mismas losas donde Don Cesáreo se despidió 53 años antes. Comprende que no es solo una lamentable noticia. Es también la metáfora de un país. Un país no cabe en las noticias, se repite. Y Cuba mucho menos. Con más tristeza que impulso o costumbre de viajera, le toma un par de fotografías al antiguo edificio. Y a los rostros de la gente que pasa alrededor, y que ahora entiende un poco más. Su lente descubre a un simpático taxista que casi le suplica contrate su servicio. Aprieta el obturador y acepta la invitación. Tiene pintada en el rostro esa extraña sonrisa con que se abrazan ciertas despedidas. Camino al aeropuerto, se escucha Lágrimas Negras. Antonia mira a través del cristal y dice adiós a la ciudad clausurada.
Escritor y cineasta.


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