LA CIUDAD DE LAS SOMBRAS MAS LARGAS. (El Nuevo Herald, 08.22.13)


Una ciudad es, sobre todo, su gente. Los sueños y cotidianidades que la habitan. Quienes la alegran y apenan, sufren y respiran, los que la hacen e incluso la deshacen, ya sea con toda intención o sin saberlo. Una ciudad siempre será quienes pisan sus calles, mimadas o deshechas por el tiempo y la desidia, recién fundadas, olvidadas, renovadas, esbozadas en un porvenir a veces impalpable hasta para las mentes más florecidas e idealistas de todos los tiempos y ciudades. Una ciudad jamás podrá dejar de ser su concurrida intimidad, su muchedumbre, su comparsa, incluso sus más lúcidos personajes, esos seres que a veces ni su propia ciudad conoce aunque sepa sus nombres.
Quizás nuestra afición turística, el deseo de ver (a veces conocer) otras geografías, semejantes o diferentes a las que habitualmente andamos, contribuye con la tradición de nombrar las ciudades por su arquitectura o naturaleza. Y aunque obviamente es una práctica legítima, no deja de ser un paradigma más, repetición a fuerza de costumbre, pequeño olvido de la verdadera carne, la esencia de cualquier ciudad: su gente.


La Habana, mucho tiempo atrás y según Alejo Carpentier, fue la ciudad de las columnas. Hoy, sin embargo, pudiera ser la ciudad de las columnas rotas, inservibles, agotadas de cargar un peso que le supera y no le pertenece. Antiguos balaustres convertidos en escombros de una novelesca memoria colonial, fetichista, incompleta, ciega, enmudecida, a punto de explotar, o implosionar como sus viejas columnas, hoy huecas y sombrías.
La Habana es también una ciudad de sombras. “Sombras nada más”, nos recuerda el realizador audiovisual y fotógrafo habanero Marcos Castillo desde su nueva colección de instantáneas, que expone la realidad habanera como pocas veces se ha mostrado: a través de sus sombras. Una larga y tortuosa pasarela de sombras que la habitan. Sombras que piensan, sienten, lloran y rezan, gritan y cantan, detestan y aman la ciudad real.





Sus fotos son el ahogo de la imagen. Gritos hacia adentro. Aspiraciones más que respiraciones. Introspección de un reflejo que lastima la mirada. El fotógrafo no quiere observar directamente la imponente ruina, la cruel y atormentada imagen que hallan él y sus coterráneos a cada paso. Se detiene ante lo que todos vemos y por un impulso, mezcla de creativo amor eterno y repulsión desencantada, mira al otro lado, al lado a veces más esquivo, más oscuro de las cosas. Mira las sombras. Mira (literalmente) la realidad desde otro ángulo, con otro lente. Así la capta. Y así la muestra.
No faltará quien diga que ninguna obra es la realidad. Hace mucho sabemos que a lo que más llegamos es a juntar fragmentos, reflejos, imaginaciones, interpretaciones, sueños, sombras de una realidad. Pero gracias a la fotografía y a otras artes e inventos, nos acercamos más (y tal vez mejor) a eso que no podemos dejar de llamar realidad. Nuestra realidad. Con “Sombras nada más”, este inquieto creador y habanero incómodo se ha empeñado en retratar sombras para así expresarnos una Habana real que a la vez es una Habana distinta. A veces una sombra puede ser más intensa que la luz más cegadora. Tal es el caso.

La Habana, ícono de una realidad mayor, metáfora súper poblada de la Cuba profunda, tristemente postmoderna: es un sentimiento que hiere y a la vez embelesa a muchos artistas, sean habaneros o de otras regiones de la isla y el mundo. Menuda relación de amor-odio, rencor-nostalgia, exilio-dependencia, y tantas otras conmociones que se establecen cada día con La Habana.
En estas fotos de sombras habaneras su autor refugia el aullido de las sombras que se cruza, que inevitablemente seguirán cruzándose, tal vez para siempre, en nuestras vidas. Larguísimas sombras que ahora mismo respiran y languidecen como velas batidas por el viento y el salitre sobre el Malecón, entre infinitos flashes de lamentos y esperanzas.
Más allá de malestares y silencios, agotamientos y anhelos, recicladas tonterías, vulgaridades y consignas, la rutina y el asombro: los fotógrafos cargan esa especie de ojo privilegiado para captar imágenes que pueden ser la reveladora apariencia, el velo descubierto, lo simple y esencial, la iluminada sombra de una rotunda y cautivadora realidad, que no por terrible logra anular el hechizo. La Habana de hoy es la ciudad de las sombras más largas. Castillo lo sabe. Lo siente. Muchos le agradecerán salvar también del olvido nuestras sombras. Las sombras de nuestra realidad. Las sombras nuestras. Sombras nada más.




(Palabras al catálogo de la exposición "Sombras nada más" del realizador y fotógrafo cubano Marcos Castillo. Inaugurada a finales de julio en el Centro Cultural Cinematográfico ICAIC “Fresa y Chocolate” y abierta al publico todo el mes de Agosto. Marcos Castillo vive y trabaja en La Habana. Ha realizado varias exposiciones fotográficas. Se gana la vida como director de programas televisivos y realizador independiente de obras de diversos géneros. En el video promocional de esta exposición, que puede verse aquí en el Blog, aparecen algunas de estas fotografías, y los más curiosos descubrirán una frase de este artículo).