Amy Winehouse: no se fabrican estos ángeles




Esta columna fue publicada originalmente en El Nuevo Herald el 27 de Julio de 2011, a pocos días de la muerte de Amy.



Desde hace años intentaban que fuera a rehabilitación, quizás hasta ella misma alguna vez quiso ir, pero al final siempre dijo "no, no, no". Era su canción preferida. No tenía tiempo, solía decir. Pero sobre todo no le interesó rehabilitarse. No iba a sentar cabeza. Jamás. Lo dijo mil veces. Sólo quería cantar, drogarse, desbordarse de alcohol, tener sexo, tocar el límite, correrlo aún más, sonreírle, flotar, vomitar, perder el conocimiento, tomarse dos pastillas para la migraña, abrir la ventana, fumar, salir a la calle y volver a cantar esa ardua melodía en que confluye el placer y el dolor, hallazgo y despedidas, la vida y la muerte.

Le sobraban escándalos y depresiones. Orgullo y miedo. Ganas de vivir en un solo segundo y a la vez cargaba una sarta de culpas e inconformidades para autodemolerse. Sentía que esa era su mejor, su real automedicación. Tenía una tesitura increíble, privilegiada, casi única, como muy pocas cantantes. Como las que ya no abundan. Como las que no pueden fabricarse. Pero le faltaba una almohada en la azotea del mundo. Y también, cotidianamente lo mostraba sin pudor, un tornillo en la cabeza.

No tenía idea de por qué estaba aquí, ni a dónde partiría. No era, como a veces decimos, un ser de otro planeta. Sólo que no lo entendió muy bien. Ni tampoco el mundo a ella. No quería irse ni tampoco quedarse. Ese era su mayor dilema. Por eso se pintó esas excéntricas pestañas. No eran sólo para inspirar o desafiar diseñadores, alborotar los escenarios, bailar en la posmodernidad, homenajear tiempos gloriosos del jazz e improvisar otras esperanzas. Con ellas disimulaba una impresionante colección de lágrimas secas dentro de sus ojos. Que le pesaban. Le pesaban muchísimo. Como tanto le alegró sentir la multitud eufórica y desafinada cantando a coro su alocada alegría, su colorido ahogo como una inmensa fiesta.

Su contralto le venía muy bien a su carácter y espíritu. Esa voz grave y poderosa era perfecta para expresar, arrancarse y lanzar sus intensas emociones. Vivió tan socorridos sus anhelos que casi no le dio tiempo a saborearlos. O sencillamente los probó a su manera: fundiendo goce y desespero. Fue la primera mujer en conquistar la mayor cantidad de premios en una sola noche y la primera británica con cinco Grammys. Pero su voz no era lo único que llamaba la atención de los medios. Quizás no era lo que más les importaba (como a ella misma). Era famosa por batir, como el mejor barman, la borrachera con la inhalación como sólo pueden mezclarse el jazz y el soul, el R&B y el rock.

Hoy el Gran Gatsby adolece de su música. Donny Hathaway no cantó con ella. Y Cabrera Infante no llegó a escucharla en Londres. De haberlo hecho le hubiera dedicado las gloriosas, desmedidas, justas páginas que se merece.

Duele, pero no sorprende del todo su final. Últimamente su nombre se asociaba a la muerte. Novia del desenfreno. Diva del soul. Ángel para algunos. Diabla para otros. Una aguda y corta historia. Como un hit que enamora y mata. Quizás creyó que iba volver a amanecer después de haber tocado fondo. Pero a toda historia le llega su final y esta vez no despertó del desmayo. No recobró el conocimiento. No pudo cantarlo una vez más.

El funesto club de los veinte y siete años ya incluye su nombre. Otro ángel autodestructivo. Ahí está cantando ahora junto a sus íconos: Janis Joplin, Jim Morrison, Jimi Hendrix. Y por supuesto, compartiendo esa melódica locura que les hizo grandes. Sólo queda decirle adiós y escuchar su música estremecedora, sin esperar nuevas canciones. Aunque no te guste, como a mí, este tener que acostumbrarnos. 

Tal vez nunca hayas escuchado cantar a un ángel. Pero si te encuentras a alguno y sientes la delicia o la locura de su canto, es muy probable que cante como Amy Winehouse.